La ciudad
de Colón es una urbe extraña; una población de
contrastes monumentales que genera más ingresos para la economía
que cualquier otra ciudad exceptuando la capital, pero con un paisaje
similar al de Puerto Príncipe. Aunque sus dos puertos de cruceros
reciben más turistas que los de la costa pacífica panameña,
la mayor parte de las publicaciones y sitios web de turismo aconsejan
a los visitantes no entrar en la ciudad a toda costa.
Una reciente
gira de la ciudad generó en mí diversos pensamientos
y emociones, reflejados en las imágenes de estas páginas,
las cuales resumo en una sola frase: Colón sigue viviendo.
Esta declaración
no pretende contradecir la dura realidad de una ciudad que perdió
su gloria hace mucho tiempo, pero busca motivar, tanto en la industria
como a nuestros visitantes, a ver más allá de sus desvencijadas
casitas caribeñas para apreciar la amistad, el folklore y el
optimismo de su gente, entre los que está el Sr. David, oriundo
de Cartagena, Colombia, quien llegó a Colón hace cinco
años para ganarse el pan ofreciendo giras con su carruaje tirado
por caballos.