Tenemos vibra urbana,
sol, mariscos y sus abundantes oportunidades de compras –
¡pero no hay más comparaciones!
Ceci
Connolly, una reportera del Washington Post actualmente de
licencia está viviendo en la ciudad de México. |
Una escritora
del Washington Post, habiendo visto anuncios tratando de vender
a la ciudad de Panamá como "la nueva súper ostentosa
Miami", decidió venir para ver por ella misma. Ella
comentó que pudo ver porqué la ciudad de Panamá
recibe esas comparaciones con Miami, con su "vibra urbana,
su distintivo horizonte, su sol, sus mariscos y sus abundantes oportunidades
de compras". Aparte de esto, cualquier otra comparación
fue olvidada. Para la periodista Ceci Connolly, quién vive
en la ciudad de México, Panamá fue sorprendentemente
un lugar diferente.
En el
Casco Viejo, la zona antigua de la ciudad, ella recuerda: "Era
un calor pegajoso y estaba algo sucia luego de pasar la mañana
explorando los callejones de adoquín del Casco Viejo de la
ciudad de Panamá, con 300 años de antigüedad
y una mezcla entre el desmoronado encanto de la vieja Habana y el
restaurado brillo del barrio francés de Nueva Orleáns.
"Con
mi gorra de béisbol, mis pantalones cortos color caqui y
mi camiseta sudada, estaba vestida para estar en un carrito de hot
dog en la acera. Pero un amigo panameño había estado
hablando mucho sobre S'cena, el nuevo restaurante mediterráneo
de esta área colonial de la ciudad y cuando tropecé
con su entrada, parecía que los dioses de la comida me estaban
llamando.
"Aún
así, me sentí algo avergonzada mientras pasaba por
el bar de jazz del primer piso y entraba a un sofisticado escenario
de serenidad: manteles blancos, flores frescas y camareros con camisas
planchadas. Me preparé para las miradas de desdén
y que me asignaran una lúgubre mesa junto a la puerta de
la cocina.
"En
vez de esto, el dueño me saludó como si fuera una
de sus primas, llevándome a una de las mesas principales
y gentilmente dejando caer una servilleta de lino sobre mi regazo.
El
Museo del Canal
Luego de visitar las esclusas de Miraflores, ella volvió
al Casco Viejo para ir al Museo del Canal de Panamá, "un
edificio restaurado de cuatro pisos construido por los franceses
en la década de 1870. A un quinto del precio y con poca gente,
es un mejor lugar que el museo de las esclusas.
"La
historia del Canal –desde el fallido esfuerzo de los franceses
en la década de 1880 hasta los actuales planes de ensanche
–es presentada en coloridas y vívidas exhibiciones
interactivas. Hay un recuento de los 22,000 trabajadores que murieron,
la mayoría por malaria o fiebre amarilla, junto con un solemne
informe acerca del segregado sistema que hizo que trabajadores de
piel oscura quedaran con menos dinero en sus bolsillos al final
de cada día de trabajo.
"Afuera
del museo el vecindario ofrece lo mejor de la ciudad de Panamá
–pasado, presente y futuro. En 1671, luego que el pirata Henry
Morgan quemara la ciudad original hasta sus cimientos, el Rey de
España eligió esta península con forma de bota
para la reconstrucción de la misma.
"Aunque
el Casco Viejo estuvo en mal estado en la década de 1950,
hoy en día está disfrutando de un renacimiento. Ambos
mundos se encuentran en sus calles laberínticas: mujeres
mayores tienden ropa en las barandas de metal de los balcones, mientras
trabajadores de la construcción transforman dilapidados conventos
en ostentosos condominios estilo loft."
El
Altar de Oro
Lo siguiente en la lista de la Sra. Connolly era visitar
la iglesia de San José con su Altar de Oro. Mientras estudiaba
su mapa, un hombre de unos 30 años le ofreció sus
servicios. Recuerda la Sra. Connolly: "En la mayoría
de las grandes ciudades, esto sería indicio para correr en
sentido contrario, pero con escuadrones de policías de turismo
patrullando el área en sus bicicletas, acepté su ofrecimiento.
"Ricardo,
un panameño de nacimiento y crianza, hizo la señal
de la cruz mientras entrábamos a la blanca iglesia. El interior
está decorado con un curioso y hasta inquietante revoltijo
de puntos. Pero el altar barroco, salvado por un cura al esconderlo
del saqueo de Morgan, es una gema que lo deja a uno con la boca
abierta. Una enorme pieza de caoba cubierta con pan de oro.
"Más
tarde otro lugareño, llamado Julio, me guió a los
calabozos usados en principio por los españoles y luego por
los colombianos. Uno de ellos ha sido convertido en un restaurante
turístico. Pero Julio me llevó a otro de ellos donde
en la pobremente iluminada habitación había una genuina
sorpresa –pinturas de todo tipo, color y tamaño. Retratos
de la Virgen María sobre paisajes marinos, en otra esquina
había abstracciones geométricas mezcladas con imágenes
de campos de batalla. Muchos de estos cuadros se veían atemorizantes,
pero algunos eran cautivadores.
"Las
pinturas eran todas de la colección privada del dictador
encarcelado Manuel Noriega, me dijo Julio. No hay prueba de esto,
pero los calabozos eran muy emocionantes y la historia de Julio
–verdad o no –de seguro rompía con la clásica
charla de las visitas guiadas."
Aventurándose
en las afueras de la capital, ella encontró otro mundo: "Manejamos
por la provincia de Coclé, 75 millas al suroeste de la ciudad
de Panamá y mientras pasábamos otra curva cerrada,
el paisaje cambió de las palmeras tropicales de la capital
a los robustos pinos de la región montañosa –todo
en menos de una hora", recalcó ella.
Vista
de dos océanos
"Mientras llegamos a la cima de una particularmente
empinada colina, yo grité: "¡Detén el auto!"
A nuestra mano derecha, a la distancia, se veía el Mar Caribe
del Océano Atlántico y a la izquierda, bajando por
un atemorizante acantilado rocoso estaba el Pacífico.
"Hay
muchas razones para escapar de la ciudad y explorar las maravillas
naturales de Panamá, pero es difícil imaginar una
mejor que esa impresionante vista, se podría decir que es
uno de los mejores lugares de América Central."
En El
Valle, la Sra. Connolly almorzó en el renombrado restaurante
del boutique-hotel La Casa de Lourdes. "Nuevos amigos panameños
organizaron un almuerzo en el patio de La Casa de Lourdes, una mansión
estilo toscano con un idílico restaurante junto a la piscina
y terraza con jardines. rodeados por la clase ociosa panameña,
nos dejamos llevar y pedimos una botella de vino. Esta iba bien
con la mesa llena de platos de frescos mariscos y comida criolla
panameña, condimentados con picante, salsas de mago y yuca,
la ubicua raíz de la que los locales hacen puré, fríen
y hasta añaden a los pasteles.
"Tomamos
una habitación adyacente al edificio, la cual no tenía
a la atrayente arquitectura de la casa principal; pero nuestra habitación
era enorme, con un lujoso y moderno baño y una pequeña
terraza que miraba hacia un grupo de montañas. A la hora
de la cena, dimos un paseo por los jardines hacia el restaurante,
ahora alumbrado por la luz de las velas.
A la
mañana siguiente, de regreso a la ciudad, paramos en un puesto
a orilla de la carretera y pedimos dos chichemes, una divina mezcla
de leche, maíz, canela y vainilla. Si lo tomábamos
lentamente, nos iba a durar todo el camino hasta la ciudad de Panamá".
Mercado
de Mariscos
La despedida
de la Sra. Connolly: "A sólo unas horas para partir
de Panamá, decidimos visitar la fuente de la grandeza culinaria
panameña: el Mercado del Marisco.
"Caminamos
por el apestoso almacén, maravillados por la belleza de las
montañas de babosas criaturas marinas. Los vendedores, amistosos
y algo sorprendidos de ver a un par de gringos, nos enseñaron
algunas palabras en español. El mero que devoramos una de
las noches anteriores en un "grouper", longo es una larga
almeja tubular y la corvina es la mantecosa y sabrosa "seabass".
"Conocimos
a un vendedor llamado Niño, con sus botas de hule y sus 5
pies de altura, nos dijo que ha trabajado en el mismo puesto por
33 años. Nos recomendó las gambas y los calamares.
Poco más de una libra de mariscos por $5.25... ¿quién
puede quejarse?
"Con
nuestra pesca en la mano, subimos una vieja escalera de madera hasta
un restaurante mediocre, donde la camarera era brusca y las servilletas
eran de papel. Había un menú, pero no lo necesitamos.
"Pedimos
a la cocina que nos hicieran a la parrilla las delicias de Niño.
El chef agregó una perfecta montaña de papas a la
francesa y nuestra factura vino por $6.